El único secreto del narrador

La forma del relato (cuento, novela) fija el único secreto que posee el narrador: su identidad. Secreto que nunca será conocido por él mismo (su lucidez se detiene al borde del esfuerzo por crear una forma) y que, naturalmente, debe ser ignorado por los contemporáneos, puesto que ellos sólo tienen la referencia de otras formas (usuales, aunque parezcan novedosas: ya asimiladas) con las cuales toda comparación determinará que la nueva forma parezca amorfa o artificiosa e intelectualizada.

Entonces ¿cómo tocar ese espacio evasivo? ¿Cómo reconocer la originalidad técnica? Comencemos por decir que no reside en la escritura; ésta puede ser una contribución poderosa al concepto, pero por momentos adquiere también un carácter sumiso. La elemental decisión que algún aficionado a ser escritor (Proust confundiéndose para redactar El caso Lemoine) pudiese tomar para escribir a la «manera de» y lograr que su trabajo refleje ciertas constantes formales del narrador imitado -aunque entre el estilo de ambos no haya la menor similitud- muestra directamente el fenómeno: lo formal es ajeno (no independiente) al estilo, a la escritura. El aficionado habrá ido más allá de ésta, a la profundidad de otros equilibrios menos evidentes, y allí habrá obtenido los rasgos que empleó en sus «similitudes».

El itinerario seguido sería éste: primero, haber diferenciado el complemento anecdótico o fáctico de cualquier relato. Descubrimiento que no crea enigmas sino esplendores, participaciones del humor: entonces querremos ayudar al héroe en peligro o amar la imprecisable imagen de una mujer cuyo destino es turbador. (El lector, que en seguida pasará a ser autor, accede con el mismo candor de cualquier individuo desapasionado de la literatura a la fascinación ejercida en él por la anécdota.) La anécdota, sin embargo, precisa un reconocimiento nítido: es el primer peligro. Nada más alejado de la forma empleada por el autor a quien se desea repetir ni nada más inútil para el trabajo del imitador que ese trono de vanidad llamado anécdota. No hay relato sin historia, la narrativa no es más que anécdota: pero todo cuanto pueda ser relatado carece de poseedor: ningún hombre es único: la sustancia anecdótica obedece a lo impersonal: nadie tiene el derecho sobre lo que acontece: ningún autor elige la anécdota, es elegido por ella: y este determinismo repite el pasado, el futuro. En el contacto entre el autor y sus historias no interviene la voluntad del artista: aquí el aficionado nada puede aprender: tiene su propia vida.

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