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carlos estela (lima, 1977). estudió literatura en la universidad de san marcos. comparte la dirección de more ferarum (madrepora@hotmail.com)

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en la quinta esperan al boxeador y su pintura macabra. cuánto amor cabe en los bolsillos de un salvaje amaestrado. los guantes se deslizan de la maleta de piel y caen en un charco interminable que refleja el ojo de la noche sobre el asfalto. gracias de nuevo por los autos, las mujeres y las flores. el auricular recibe la lengua brillante y cambia de color para cerrar los ojos, el neón interrumpe el sonido. por la escalera de metal ascienden los amigos incondicionales con el alimento perpetuo. me he ganado un cigarrillo, ¿no crees? el sonido desordena la habitación y la mente con sus tambores y trompetas de cieno, el techo se abre y las agujas caen del cielo sobre los ojos y las heridas. sobre las costras aparecen las monedas sin rostro pero con un destino seguro. un joven andaluz recoge el sombrero de plata y una pistola de la basura. el aceite llega a los ojos y el sueño les impide cerrarse.

los negros que amamantan instrumentos musicales y los atados con fibras de cobre al universo del humo pero también los monstruosos que reptan entre las fabulosas piernas de las señoritas. trampa planeada con la mirada en el reloj de la muñeca. las cuerdas le devuelven la afición por la bebida; en ese instante son interrumpidas por la gota de sudor que proviene, ahora sí, de la trompa más rápida de ébano. el tiempo está hecho por manos y dedos o tal vez simplemente una daga -el metal que hiere como las sétimas-, un diálogo en la esquina más oscura y horripilante o arriba, en el escenario de las bestias. la serpiente se detiene. los hombres atropellan. una mujer es tocada en el momento de la destrucción de su carne y todos los sabios coinciden en el status de la composición callejera. los débiles caen, antes los sombreros; los zapatos adquieren el rumor de la vejez y el movimiento o la furia los convierte en parte de la maldad absoluta. esta vez la mujer grita y sus brazos inmediatamente se transforman en instrumentos de viento. ahora está arriba desnudando al pianista con una bala en la boca. los hombres disparan escupitajos de metal sobre el cuerpo herido que es deformado rápidamente por la lluvia y la guerra milenaria que sostienen los negros con su propia sombra.



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